Cuando la muerte se asoma.

 

Hace unas semanas mi abuelito, el papa de mi mama, sufrió una aneurisma cerebral, la cual comenzó a deteriorar su estado de salud. Hace un par de horas me llamaron por teléfono para decirme que había fallecido en Durango, México.

Siempre es triste cuando la muerte se asoma. Aunque todos sabemos que vamos hacia allá, siempre nos resistimos a la idea. Hay un dolor. Un duelo en el corazón.

Quizás esto se deba a la fragilidad de nuestra vida. El corazón se detiene. La respiración se acaba. La vida se escapa del cuerpo. Nos recuerda que a todos nosotros nos sucederá un día.

Hace un tiempo llego una familia a hacerme preguntas a la Iglesia. Un familiar cercano había muerto y en realidad no sabían que hacer. “¿Debemos rezar por ella? ¿En donde esta ahora? ¿Qué con su alma?”. Son algunas preguntas que me hacían.

Si has puesto tu confianza en lo que dice la Biblia, la muerte, por muy dolorosa que sea no es el final sino el principio. Es simplemente el paso a una mejor vida. La promesa de una vida eterna si ponemos nuestra fe y esperanza en Jesús.

Se que por ahora esta el dolor y el duelo. Es el momento de llorar.

La partida de mi abuelito no es un “hasta nunca”, sino un “hasta pronto Don José”.