Un “Hola” muy pequeño. Un “Adios” muy precipitado.

Hace unos días, dolorosamente perdimos al bebe que estábamos esperando.

Eran pasadas las 9 de la noche cuando llegamos a emergencias. Tres horas antes Mardia, mi esposa, había comenzado con un dolor en el vientre y sangrado. Todos sus embarazos han sido de alto riesgo y aun así hemos podido disfrutar de la existencia de mis dos hijas, así que no nos alarmamos. Esta vez fue diferente.

El lugar estaba lleno. Dos filas de sillas a un lado había una mujer de mediana edad vomitando muchas veces en una cubeta. Al lado de donde nos sentamos Mardia y yo había un muchacho con los dedos vendados pues se los había machucado con una maquina en el trabajo. Nunca me ha gustado el olor a hospital. Me da la impresión de que huele a enfermedad. Todos esperando a que los atendieran. Nosotros también.

Salimos de la casa pensando que seria algo de entrada por salida. Me lleve a mis dos hijas conmigo. Siendo niñas y muy inquietas, a la hora de estar esperando ya no sabían ni que hacer y yo con ellas, mientras Mardia simplemente hacia cara de dolor. Un rato después mi mama llego a recogerlas. Le dije que mas tarde pasaba por ellas.

Los dolores de Mardia comenzaron a aumentar. Tres veces fui con la enfermera a preguntarle a que hora la iban a atender. La ultima de ellas fue cuando comenzó a llorar del dolor.

La metieron en un cuartito. Le sacaron sangre. La acostaron en una camilla y la conectaron a varios aparatos para monitorear sus signos vitales. El dolor iba en aumento. Pasado un rato llegaron un grupo de enfermeros y se la llevaron diciéndome que no podia ir con ella. Después de unos 45 minutos regresaron. Le habían hecho un ultrasonido y el bebe que habíamos esperado por los últimos cuatro meses estaba bien.

Los dolores no paraban, sino al contrario. Cerca de las 2 de la mañana Mardia sentía que moría y yo con ella al verme imposibilitado de ayudarla. Le dieron una medicina para el dolor, pero no le hizo efecto. Lo único que podia hacer era orar por ella, y eso hice. Después de un rato el dolor cedió y quedo medio inconsciente. Nos dijeron que la iban a internar al hospital y que esperáramos. La espera duro hasta las 7 de la mañana del siguiente dia.

Hay un aparato que parece un micrófono con el cual al presionarlo con el vientre de la mama, se escucha latir el corazón del bebe. El sonido es inconfundible. Es como el de una lavadora pero a mucha mas velocidad. Una de las enfermeras llego, conecto el aparato y direcciono el micrófono. En esta ocasión en lugar de latidos, se escucho un horrible silencio. Horrible por lo que podría significar. “Quizas es el aparato”, dijo la enfermera. Trajo un segundo aparato. El mismo horrible silencio. Yo estaba ahi presente, en silencio, observando, orando, no queriendo pensar en el peor escenario y en lo que pudiera significar el silencio del aparato.

Inmediatamente después trajeron un aparato de ultrasonido. Revisaron una vez mas a Mardia. No había duda. El bebido estaba aun ahi, pero su corazón ya no latía. Había fallecido.

Después de darnos las condolencias los doctores e irse, Mardia y yo solo nos abrazamos y lloramos.

No es la primera vez que la tragedia toca a nuestra puerta sin estarla esperando. No es agradable su presencia. No es deseada. Pero aun así, de cuando en cuando todos tenemos esta incomoda visita que interrumpe nuestra vida y rompe nuestras ilusiones.

Mardia y yo tenemos un marco de referencia en cuanto al dolor y el sufrimiento; en cuanto a la vida y la muerte. Creemos que Dios tiene nuestras vidas en sus manos. Tiene nuestros días contados. Sus planes son de bien y no de mal para con nosotros.

Personalmente no estamos acostumbrados a preguntarle a Dios “¿Porque me sucedió esto a mi?”. No creemos que sea la pregunta correcta. No encontrarimos respuesta que satisfaga nuestra alma en ello.

Tampoco tratamos de encontrarle un sentido a lo sucedido preguntando “¿Para que nos sucedió esto?”. Muchas veces el querer encontrar una respuesta coherente a esta pregunta no justifica una tragedia.

Creemos que si le hemos dicho a Dios que tome nuestra vida y hemos decidido confiar en Él, la pregunta  no debe ser “¿Porque?” o “¿Para que?” sino “¿Porque no?”.

Veo a un Jesus clavado en una Cruz, molido a latigazos y ensangrentado. “¿Donde esta tu Dios?”, era la pregunta recurrente en ese momento. Pero el plan iba mas allá de solo las horas de sufrimiento colgado en la cruz. Nadie, ni la muerte, ni Satanás, ni ninguna entidad espiritual o ser humano pudieron pensar que el plan de Dios incluía un momento de sufrimiento para poder completar la salvación de todos nosotros. Pero así fue.

Si en el plan divino Dios dio a su hijo para atravesar por el calvario, ¿Quienes somos nosotros para juzgar lo que esta haciendo en nuestras vidas, aunque no lo entendamos? El plan de Dios para nuestras vidas va mas allá del transitorio sufrimiento por el que podamos estar pasando.

Le dieron a Mardia un medicamento para inducirle el parto, aunque el bebe ya no tenia vida. La espera duro 18 horas. Fue entonces que supimos que había sido un niño. Fue un “Hola” muy pequeño y un “Adios” muy precipitado.

Han pasado varios días y hemos tenido que asimilarlo. Es un proceso. Explicarle a las niñas que su hermanito no va a venir a casa. Explicarle a nuestra iglesia que Dios es bueno y tiene todo en sus manos. Confiar en que Dios sigue siendo Dios y nada se le escapa de las manos.

Nosotros solo sabemos lo que vemos en la película que esta pasando frente a nuestros ojos. Pero Dios ya vio el final. Él nos pide que confiemos en Él. Nos promete que al final, nosotros vencemos con Él.